Ignacio Núñez Soler

Asunción. 31 de julio de 1891 / 13 de octubre de 1983

 La Guerra de la Triple Alianza había dejado un país en ruinas; Núñez Soler creció en la frontera difícil de dos siglos: terminando el uno con rencor y luto y el otro iniciando con injusticias nuevas.

Estos conflictos curtieron su mirada pero no menguaron su contento porfiado, ni declinaron sus ganas vigilantes ni su segura esperanza. No de otro modo se explica el regocijo de tanta imagen que celebra la fiesta colectiva y apuesta, con ganas, al triunfo de la solidaridad humana.

Don Ignacio había desempeñado ocupaciones diversas, entre ellas las de dependientes de almacenes y tiendas, artesano, vendedor  ambulante de medias, pintor de paredes, carpintero y albañil. Más tarde empezó a alternar alguna de estas empresas con la pintura ornamental de paredes que realizaba en compañía de su hermano. Cuando éste murió, don Ignacio siguió ejerciendo esa ocupación y, según su propio cálculo, haciéndolo solo llegó a realizar “más de cien trabajos de decoración en toda la ciudad”.

A fines de los años veinte comienza a dedicarse cada vez más sistemáticamente a la pintura de cuadros. En 1931 en la Galería de la Casa Argentina expone por primera vez sus pinturas.

Desde entonces, participó en alrededor de cincuenta muestras individuales y numerosas colectivas a través de las que desarrolló uno de los conjuntos más significativos de la pintura paraguaya contemporánea.

Toda su pintura constituye un gran testimonio del escenario en el cual transcurrió su vida y de los motivos que la mantuvieron con fuerza.

Clavada  con fuerza en el cruce de la memoria personal y el suceso histórico; trabajada en el límite entre el compromiso y el deseo, los anales y la utopía; crecida entre la indignada protesta y el recuento nostálgico, su obra se abre tanto a narrar las anécdotas y sucesos que  jalonan su trayecto personal como levantar un fresco de su tiempo: posiblemente la versión pictórica más contundente que existe sobre la historia paraguaya de la primera mitad del siglo veinte y, sin duda, la crónica más cabal de la ciudad de Asunción.

Durante las décadas de los años cincuentas y sesentas se define el apasionado interés de don Ignacio por la ciudad y se manifiesta con fuerza los motivos de inspiración social y política: los dos grandes ejes temáticos que sostienen su pintura.

Don Ignacio nació en Asunción y en Asunción murió. Transcurrió en esa ciudad toda su vida, y a esa ciudad consagró decenas, sino cientos, de pinturas. Primero, pintó Asunción, literalmente, en sus paredes y fachadas  (en cuanto fue pintor de brocha gorda en sus comienzos) y la pintó al óleo después representándola en sus rincones y contornos, en sus calles empedradas y sus patios pelados… la pintó obsesivamente hasta su muerte.

 

(Fragmentos de Ticio Escobar; Buenos Aires, 1999)

 

“Los hombres inteligentes e idealistas serán los padres de los hogares… una sociedad donde reinará la verdad, sólo la verdad; donde los maestros y científicos serán los conductores sinceros de todos los hombres de la tierra y buscarán, con toda su voluntad, la eterna felicidad de todos los seres humanos como lo quiso aquel gran hombre que se llamó Cristo y como lo quisieron los Gori, Barret, Correa, Serrano, Ánge Blanco y otros en el Paraguay”.

Ignacio Núñez Soler